El Infierno en la Tierra

Aquí os traigo el principio de una historia que estoy escribiendo. Esta basada en la segunda guerra mundial, el protagonísta, Alexander, es un soldado Estadounidense que se encuentra en la Alemania Nazi luchado. Espero que os guste, y os agradecería los comentarios, tanto positivos como negativos, no discrimino.

Gracias a todos por leerlo 🙂

Suenan disparos. Mis compañeros se tiran al suelo pero yo me quedo petrificado. Me gritan y me hacen gestos de que me tire al suelo pero no puedo reaccionar. Noto un dolor punzante en el hombro y una liquido espeso y caliente corriendo por mi brazo. Giro la cabeza y miro que es. Lo que veo me asombra, una herida de bala y sangre, mucha sangre saliendo de la herida. Al ver la herida mi cerebro parece reaccionar y me tiro al suelo. Ruedo sobre mí mismo y me escondo bajo unos arbustos. Los disparos no cesan, me pitan los oídos y necesito salir de allí. La maleza se mueve detrás de mí y veo aparecer a un soldado nazi. Me quedo mirándole, noto algo diferente en él. Me mira y me apunta con su arma. Intento sacar mi arma pero el hombro me duele demasiado, así que simplemente le miro. No sé porque baja el arma. Los disparos se empiezan a desvanecer. No sé si porque se retiran o porque estoy perdiendo la consciencia. Se acerca lentamente a mí y se agacha a mi lado. Le miro a los ojos sin entender lo que hace. Me corta la manga de la chaqueta y saca un botiquín de su mochila.

-¿Qué?… ¿Qué haces?- Le pregunto sin apenas fuerzas. Me mira a los ojos pero no me responde. Simplemente hace que me tumbe en el suelo. Me limpia la sangre y saca la bala. Me mira a los ojos y noto algo distinto en él. Algo especial. Me cose la herida y se levanta.

-¿Quién eres?- Le pregunto medio inconsciente.

-Nadie…- Me dice, me sorprende, pues me habla en inglés, un soldado alemán que habla inglés… Escala a un árbol y caigo desmayado por la pérdida de sangre…

Esa fue la última vez que le vi. Llevo desde aquel día buscándole. Se lo quiero agradecer. Vivo gracias a él. A su caridad. No entiendo por qué lo hizo, por qué me salvó. No sé quién es. Solo sé que me salvó y que se lo quiero agradecer. Todos los días le busco en el campo de batalla. Busco en la mirada de todos los soldados nazis, buscándole. Pero no le he vuelto a ver. Se esfumó en el aire. Por varias semanas pensé que fue una alucinación, mi ángel de la guarda que me salvó. Pero sé que era real. Tengo la cicatriz que me dejó. Tengo el recuerdo de su mirada, de su cara… Pero no se su nombre. “Nadie…” dijo que era. Día tras día busco a “Nadie.”

Estamos descansando, es nuestro día libre y yo me lo paso escribiendo mis pensamientos en un cuaderno, subido a la rama de un árbol. Es lo último que recuerdo que hizo y es lo que hago a menudo para ver si le veo en una rama observando, pero día tras día me llevo una decepción. Nunca está, y empiezo a creer que nunca le encontraré. En casi todas las páginas de mi cuaderno hablo de él. Me pregunto sobre ese día, sobre lo que pasó. Sobre él. Pero nunca logro nada. Solo más preguntas y más necesidad de encontrarle.

-¡Alex! ¡Alexander!- Oigo gritar a mi amigo Mark.- Ven, deja de escribir y ven a divertirte.- Me dice sonriéndome. Bajo del árbol y guardo el cuaderno. Me acerco a la orilla del rio donde están y me siento en la hierba.

-No gracias. No quiero morir congelado.- Le digo sarcásticamente. Ríe y me empieza a salpicar.- ¡Para!- Le grito levantándome y alejándome de la orilla.

-Eres un soso.- Me dice riendo.- Ven a divertirte.- Le sonrío y me quito la chaqueta y la camiseta, dejo el cuaderno sobre éstas con cuidado. Corro hacia la orilla y me tiro encima de él.

-No soy un soso.- Le digo riendo. Nado un poco para entrar en calor y vuelvo donde él.- Vamos a morir congelados. Estoy completamente seguro.- Le digo riendo.

-¿Qué más da?- Me dice riendo y me empieza a hacer aguadillas. Me rio y juego y nado con él. La corriente no es fuerte en esta zona y su puede estar perfectamente. En un poco hondo pero no es problema. Salgo de agua y me tumbo al sol a secarme. Mark se queda nadando y salpicando con los demás. Solo se oyen los gritos de felicidad y las risas, cosa extraña durante estos días. Se oyen los sonidos de la naturaleza, la corriente, el viento, los pájaros, y sobre todo esto un zumbido lejano. Pienso que son bichos, pero se acerca el sonido. Me siento y cierro los ojos. Escucho, escucho durante varios y minutos y empiezo a reconocer el sonido. – ¡Salir, salir ya del agua!- Les grito. Me miran sin entender lo que pasa, señalo el otro lado del río y se giran hacia allí. Miran con asombro, los árboles caen al suelo, y vemos aparecer a soldados alemanes, vienen armados y apuntándoles. Salen corriendo del río pero tardan demasiado. Reciben varios disparos. Intento detener a los alemanes, disparan a mis compañeros, me disparan a mí, disparan a todo lo que se mueve. Subo a una rama y sigo disparando. Los alemanes intentan cruzar el río, pero todos mis compañeros, los que han logrado cruzar, me ayudan. El agua empieza a tintarse roja. Los disparos no cesan, los alemanes se acercan a nuestra orilla y no tenemos nada que hacer. Pedimos refuerzos pero no llegan. Veo caer cuerpos de amigos, primos, compañeros… Su muerte me entristece, pero la peor parte es ver caer a Mark al agua, cae al agua con un sonoro salpicón. El mundo se detiene por un segundo. Intenta salir del agua pero los disparos se dirigen a él. Las balas atraviesan la corriente directas a su cuerpo. Son demasiados los disparos y no creo que salga con vida. Veo salir su cuerpo a la superficie y por un momento me emociono pensando que está bien. Sin embargo su cuerpo, su camisa, su pelo, todo él está lleno de sangre. Lloro por él pero no me rindo. Vuelvo a pedir refuerzos y sigo disparando a los alemanes. Llegan aviones con refuerzos. Disparan a los alemanes desde el aire y varios vuelven a la otra orilla casi sanos y salvos. Pero mucho quedan en la nuestra. Les disparamos y veo que uno corre hacia el bosque. Miro una última vez el cuerpo inerte de Mark y corro tras él. Es rápido y me cuesta alcanzarle, pero está herido y voy acortando la distancia que nos separa. Mira varias veces hacia atrás y ve que voy tras él. Corre entre los árboles y veo que sube a un árbol, escala intentando llegar a las ramas más altas pero no puede subir más y se queda parado. Subo tras él arma en mano. Llego donde está y le apunto al corazón. Le miro a los ojos por costumbre y veo esos ojos, esos ojos azules como el cielo que me salvaron la vida meses atrás.

-Tu…- Le digo bajando el arma. Me mira a los ojos resignándose a su muerte.

-¿Yo?- Me pregunta en inglés otra vez. Es él, estoy seguro.

-Tu, tú me salvaste la vida…- Le digo sonriéndole.

-Eras… ¿eras tú?- Me pregunta sonriendo. Asiento con la cabeza y parece relajarse. Le miro las heridas y tiene una en la pierna.

-Deja que te ayude.- Le digo sacando mi botiquín. Me mira como preocupado y niega con la cabeza.

-No… No hace falta.- Me dice apartando la pierna. Baja la mirada y calla mirando al suelo.

-Te lo debo.- Le digo sonriendo.- Te he estado buscando para agradecértelo desde entonces. ¿Cómo te llamas?- Le pregunto amigablemente.

-Me… Me llamo Brú.- Me dice y me sonríe.- ¿Tu cómo te llamas?

-Me llamo Alexander, pero puedes llamarme Alex.- Tendiéndole la mano. La mira con desconfianza pero acaba sacudiéndola. Lo pienso y el nombre de Brú me trae muy buenos recuerdos. Un recuerdo antiguo, de cuando solo era un niño de nueve años, vivía alegre en Massachusetts, con mis padres. Y un día llegó un amigo de mi padre que venía de aquí, de Alemania. Vino con sus tres hijos, su mujer acababa de morir y tuvo que llevarlos con él. Cosa que me encantó. Sus dos hijos tenían trece y diez. Y su hija, Brú, tenía diez años. Recuerdo que me hice muy amigo suyo, que pasaba el día con ella, íbamos al campo a jugar, cenaba siempre en mi casa con mi familia. Recuerdo los bollos que nos daba mi madre para merendar… Lo recuerdo todo y sonrío.- Creía que Brú era nombre de chica.- Sonriéndole.

-Es como Alex, para ambos.- Me dice mirando al suelo y las ramas, a todas partes menos hacia mí.

-Si, supongo.- Le digo mirándole, no sé porque pero creo que le conozco, le conozco de antes de que me sanara, esos ojos me recuerdan algo. Pero no sé el qué. Oigo un ruido y miro hacia allí. Veo una ardilla correteando por las ramas y me relajo.- ¿Y qué edad tienes Brú?- Le pregunto girándome a donde estaba. Sin embargo, allí no hay nadie, solo una nota pulcramente doblada y metida entre la corteza. La recojo y bajo del árbol para volver.

La continuación la iré subiendo.

Nos leeremos 🙂

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Categorías: Nuestras historias | 2 comentarios

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2 pensamientos en “El Infierno en la Tierra

  1. Está muy bien pero tienes que utilizar más sinónimos para no repetir palabras 🙂 ¿Tenéis tuenti alguna?

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